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Arte y diseño ¿están tan separados?

Más que un enfoque ciertamente diferenciador, sería más adecuado hablar de lo que el arte y el diseño pueden lograr en su conjunto, como dos partes imbricadas que se complementan la una con la otra.

Si nos detenemos en los prejuicios y las ideas preconcebidas, siempre se ha tratado al artista como un demiurgo aislado, encerrado en su mundo, que no pretende más que expresar una subjetividad más bien incomprendida por el resto. Pero nada más lejos de la realidad, los artistas siempre han guiado su trabajo teniendo en cuenta el entorno circundante, y en contra de los estereotipos marcados, existe la figura del artista que se entrega a la sociedad, comprometiéndose en beneficiar al mundo y crear conciencia social, gracias a su visión multidimensional.

Viéndolo desde este punto de vista, el artista ya no es un ente aislado, sino que se integra en el ecosistema social y le ofrece su servicio como operante activo y necesario. Su producción artística sí que es en cierta manera funcional, ya que presenta al mundo nuevas formas de ver, significados nuevos e ideas renovadas para un mundo mejor. No sería una función física sino moral, pero sin dejar de ser una competencia necesaria y útil.

Realmente, tanto el diseñador como el artista tienen la facultad del dominio del lenguaje visual y espacial; también poseen un espíritu creativo ya que generan ideas y crean productos que antes no existían y los configuran en función de sus experiencias vividas y su entorno social. También, tanto el artista como el diseñador tienen la labor de proyectar, es decir, son capaces de establecer un sentido visual a conceptos mentales, utilizando la forma, el color y demás recursos disponibles para planear, designar, denotar, señalar, bocetar o significar algo. En este sentido el artista también se ve en la labor de diseñar, es decir, buscar y encontrar una solución, que puede ir más allá de un final estético, abarcando la propia función de comunicar a los demás, evocar emociones y sensaciones, incluso como protesta social, con toda la repercusión que esto conlleva.

Si pudiéramos vislumbrar las diferencias que aquí existen, nos acercaríamos más por medio de la disparidad en el nivel de libertad que cada uno de ellos puede tener. Se supone que el artista que realiza arte, opera con libertad absoluta en la concepción, desarrollo y final de la obra. Sin embargo, también los artistas pueden estar sometidos a algún tipo de privación de autonomía, cuando son manejados por el devenir de los mercados, ideologías u otros intereses.

Por otra parte, los diseñadores están totalmente inmiscuidos en el proceso proyectual, y su figura sólo contempla los requerimientos de investigación y rigor del concepto, siendo totalmente fieles a las necesidades del cliente y el briefing del encargo. Sus procedimientos de creación de las formas obedecen a las directrices de la función a las que deba responder, y así aportar sus consecutivas soluciones prácticas y sostenibles.

Pero quizás tanta rigidez y objetividad pueda hacer que el “diseño necesite soltarse la melena”, y recuperar otras vías de experimentación más libres y menos limitantes. Debemos de ser conscientes y reconocer que cada diseñador como figura humana, lejos de ser una máquina lógica y predecible, también deja su huella personal en lo que hace, en su trabajo también interviene su historia personal, su identidad en el hacer y el ser, sus propios intereses, e incluso sus emociones, que igualmente repercuten en el proceso proyectual y en el resultado final.

El trabajo de un diseñador no puede ser totalmente aséptico, imparcial, neutro ni desapasionano, siempre hay una parte visceral en las actividades productivas, algo que nos llama a hacerlo pero no sabemos por qué. Es dar cabida a otros factores, (además del análisis, la razón y la observación, que también son importantes), como por ejemplo la intuición (como otra forma más de conocimiento), el inconsciente y el descubrimiento de lo insólito en el proceso creativo: tener en cuenta hallazgos poco convencionales a modo de ensayo, para descubrir otras rutas singulares.

Llegados a este punto, podemos concluir, que aparte de las evidentes diferencias que podríamos aceptar, las cuales separan las dos disciplinas, podríamos poner en evidencia los puntos de sutura donde el arte y el diseño se encuentran y entrelazan. Y uno de esos nexos de unión más importantes, sería la capacidad y el poder del arte y el diseño de transmitir y comunicar a los demás.

Además de que un objeto pueda servir de utilidad para una acción cotidiana, sin lugar a dudas, sus elementos formales comunican conceptos, (como por ejemplo, la forma de uso que el propio objeto denota) o sus señales estéticas (como el color o la configuración de las formas). Todo ello nos transfiere mensajes, algunos conscientes y otros más inconscientes, pero siempre evocan sensaciones y provocan efectos que repercuten a la propia experiencia. La propia emoción también puede ser vista como una función1, porque esta empuja a las acciones del usuario.

Tanto la presencia física del producto industrial como la del arte, tiene el fin de manifestarse en el mundo y entregarse al usuario para facilitarle y/o agradarle la vida, y visto así, tal vez el arte y el diseño no sean tan antagónicos, si se sirven de algunos recursos bastante parecidos.

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